La eutanasia y la vivencia en una realidad paralela a la real

Transformaciones del pensamiento filosófico

A partir de la Ilustración, aproximadamente, simplificando la Historia del pensamiento, y obviando muchos precedentes y movimientos que fueron germen de corrientes filosóficas posteriores, se fueron forjando sistemas filosóficos que rompieron en mayor o menor grado con lo establecido anteriormente, cuyo culmen quizá fuera Nietzsche y su filosofía del martillo. Las bases aristotélicas, empezaban a ser criticadas o al menos replanteadas, revaluadas, puestas en mayor o menor grado en duda. Abiertamente se pasó de una mirada y una concepción realista hacia el racionalismo, y de ahí, sucesivamente, al empirismo y al idealismo.

Con Descartes parece que se inaugura, asumiendo siempre esta simplificación que admitimos estar asumiendo, la filosofía moderna. El foco ya no está en lo real, sino en la mente del sujeto que piensa. A partir de aquí, los mencionados sistemas filosóficos se suceden. Llegamos al día de hoy. Siempre resulta complicado analizar y clasificar el momento actual, puesto que lo que perdurará tras el paso de la Historia, es todavía incierto. El tiempo lo dirá. La criba del tiempo, el juicio del devenir, será el único autorizado para tal función. Mientras tanto, continuamente se le va denominando al último momento como el contemporáneo, aunque no parezca ya contemporáneo a nosotros el primero de los momentos denominado así.

El lugar actual de la filosofía y las Humanidades

Todo este pensamiento que ha ido desarrollándose en diferentes ámbitos a lo largo de la Historia, ya sea en Academias, Universidades, cafés, tertulias, círculos especializados, ¿es ahora tan importante? Quizá no sea impreciso decir que la filosofía, al igual que las Humanidades en general no están viviendo su mejor momento en cuanto a prestigio intelectual se refiere. En un mundo tan pragmático como el nuestro, a diferencia de otros momentos de la Historia, la Filosofía no es la carrera elegida por la mayoría.

Es la filosofía de este momento, quizá no una filosofía escrita en una obra académica, en un texto, pero sí una corriente de pensamiento que tiene una vigencia clarísima. A nadie se le escapa que las carreras universitarias más demandas en Europa son las ingenierías o aquellas relacionadas con las Ciencias de la Salud [1]. No hay que deducir nada, si alguien es ciudadano de este siglo, se percata fácilmente, por simple evidencia, de las razones.

Se percibe abiertamente que las Humanidades no sirven prácticamente para nada, se pueden estudiar por ocio, pero no serán bien cotizadas, porque no aumentan la productividad, el rendimiento. Y en realidad es así, esta explicación no debe ser asumida como una ofensa. Las Humanidades no sirven para obtener más cosas, sino para tratar que las personas sean mejores, y esto último parece que es menos importante en nuestra sociedad actual que en otras. En el fondo se educa así. Lo que de verdad importa es el dinero, el rendimiento económico, todo lo demás es necesario mantenerlo para dar una imagen, no transgredir lo políticamente correcto con descaro, pero nada más que para eso.

Sociedad, deseo y modelo de vida

Y así, a todos los niveles sociales, parece que, de manera general, la vida consiste en eso, en producir más y más, ¿y eso para qué? Para satisfacer deseos. En general se trata de deseos físicos. O psíquicos, que no están tan desligados de los primeros, pues al final todo funciona por medio de una vía de recompensa, de complacencia biológica muy primaria. Tener dinero para irse de vacaciones, o para comprarse la última versión de lo que sea, para presumir o para disfrutar de algo nuevo, para tener más comodidad, o para probar una nueva experiencia.

En eso se reduce en buena parte la visión de la vida de muchas personas. Nacer, y mientras se vive, poner el fin en todo esto, sin sopesar límites, y sin esperarlos de ninguna manera.

Derechos, verdad y posmodernidad

Vivimos también en una sociedad donde las fuerzas políticas han apoyado al ciudadano más allá del respeto del derecho primario. A cambio del voto, el ciudadano ha llegado a tener derecho a reclamarlo todo, y en función de su persistencia puede llegar a vencer muchos obstáculos más que razonables. Priman muchas veces más los derechos que las obligaciones. La subsidiariedad pierde en ocasiones su sentido de ser, para convertirse en una derrama incoherente, en un abuso al arbitrio del descaro del usuario. Siendo así, parece ser verdad todo aquello que la posmodernidad proclama, que “a fin de cuentas, es cuestión de entender que la verdad no se ‘encuentra’, sino que se construye”[2], o sea que adiós a aquello de Machado de “¿Tú verdad? no, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela”[3], y hola a construir la verdad que yo quiero, la que me conviene, la que me apetece, según mi ritmo, porque ya que voy a construir una, construiré la que me sea más cómoda. Eso es lo que propone nuestra época.

Eso mismo, que exige ya un respeto intelectual hoy en día, y que incluso, es un pensamiento clave, de nada más y nada menos que de una corriente de pensamiento mayúscula, en otra época y ante un pensamiento racional, es decir, admitiendo que valgan las razones, consistiría en cerrar los ojos para no ver lo que no se quiere ver, hacer como que estamos en otro mundo, hacer como que no ha pasado, hacer como que la verdad es otra, es decir, vivir en una mentira. Durante siglos el objetivo era encontrar la verdad. Ahora, es olvidarla, porque disgusta demasiado. En el hueco que deja ésta hay que poner otra cosa, lo que sea.

La vivencia en una realidad paralela

Todo esto está extendido, pero no se explica, la población general no va por ahí contando toda su argumentación. La población general no expone sus argumentos filosóficos, ni lee a los filósofos, pero vive esto. Vive en un mundo que no es del todo real, porque vivir para satisfacer deseos más o menos inmediatos, sus caprichos, seducciones elaboradas por publicidad y prensa, y otras sugeridas por nuestros propios sistemas de recompensa, sin ningún tipo de control o represión, dada la infinita connotación negativa que ha llegado a adoptar este término, resulta un tanto ficticio, falaz. La vida no es eso. Y sé que decir eso, en una sociedad como la nuestra, resulta tendencioso. “La vida no es eso”. En seguida se encienden las alarmas. ¿Por qué pretendes imponer tu opinión?

Enfermedad, muerte y desconcierto

La vida no es eso. La vida tiene enfermedad y muerte. Pero estas dos realidades no son esperadas por un buen sector de la población. El mundo vive, por tanto, en una realidad paralela. Sorpresa cuando éstas, la enfermedad y la muerte, llegan de manera irrefrenables. Nadie le ha informado a usted de cómo es la vida en realidad. Se han dejado llevar. No es difícil entender este libro de instrucciones básico de la vida, pero menos aún cuando la inercia de este mundo contrario al funcionamiento de la misma es bastante fuerte. Entonces se escucha con frecuencia una palabra: “injusto”. ¿Cómo que injusto? Sí, porque por primera vez no puedes dominar, no tienes derecho a hacer lo que tú quieras, a tiranizar lo que te pasa. Pero no, no es injusto, es así, es la entraña más íntima de la vida, que no se ha dejado manipular. Pero eso la persona no lo sabía, viviendo en su mentira ni se imaginaba que sucedería. ¿Quién está preparado para la enfermedad? Quizá hoy menos que nunca. Viene siempre de imprevisto, y quizá esto sea así por definición. El duelo es humano, ahora y siempre. Pero la perplejidad que surge en nuestros días es única. No se trata de un no esperarlo, se trata de una incapacidad de afrontar algo que no entra de ningún modo en el esquema mental, como si fuera imposible que algo así pudiera pasar.

Preparación para la finitud

Y es que prepararse para la enfermedad o para la muerte haciendo una carrera intensiva, un sprint, de acondicionamiento emocional y espiritual es muy difícil. Para estas cosas uno ha de prepararse durante toda su vida, hacer una carrera de fondo. Cambiar todos los esquemas de un día para otro, en cambio, es realmente difícil por no decir imposible. No se trata de que una persona deba vivir angustiado desde que tiene uso de razón, pero sí de que sea mínimamente consciente de en qué consiste realmente esta vida que tiene entre manos, la fragilidad, los límites, el valor auténtico de la misma, dónde pone su fin y la persecución de su felicidad, de que sea realista, de que viva atendiendo a ello, no en un universo paralelo que no tenga base alguna como no la tiene un castillo de naipes.

El impacto del diagnóstico

La locura que se destapa al dar un diagnóstico de mal pronóstico a veces es brutal. A veces, aunque no hay una sintomatología grave, el paciente comienza a angustiarse porque descubre que se va a morir. ¿Cuándo? No lo sabe, pero ahora sí sabe, lo ha descubierto, que morirá. Antes no lo sabía. Vivía en un engaño, o en un auto-engaño. En su mundo irreal se creía invencible, no contaba con la muerte, se creía invencible e inmortal, invulnerable.

Preparación para la finitud

“Quien ha aprendido a morir, ha desaprendido a servir.” – Michel de Montaigne

Yo no sé hacia dónde vamos, ni hacia dónde iremos. Yo no sé cuál será el próximo cambio social. Pero sí sé que la negación hacia estas realidades, y la vivencia en una realidad paralela, hace que se llegue a estos momentos con una capacidad muy pobre de reacción. Pareciera que todo el proceso del vivir así se pudiera resumir en una falta de madurez. Probablemente, pues si no viviéramos en la sociedad de la superabundancia, si nos hubiéramos enfrentado a otras situaciones a lo largo de la vida que ya nos hubiesen desengañado o hecho crecer, todo sería diferente; desde luego que hay experiencias clave que espabilan, que ponen en la realidad. Sea como sea, esto es lo que tenemos.

La eutanasia como respuesta

Y llegados a este punto, ¿qué hacer? Aparece en la legislación una ley que autoriza la eutanasia. ¿Será esa la solución? En vez de reflexionar, en vez de echar el freno o buscar la verdad, parece que este procedimiento es elegido como una alternativa para solucionar el drama. ¿En qué consiste figurativamente? Consiste en que tenemos una desilusión, un desengaño. Me han engañado. Y ahora voy a engañar yo a la muerte. Más allá del “morir sin sufrir

En teoría, lo que supuestamente permite la eutanasia es morir sin sufrir. Pero realmente la medicina, y no una ley de eutanasia es la que palia síntomas para morir sin sufrir, o incluso para curar enfermedades y que el paciente no se tenga que morir en un momento dado. La eutanasia es mucho más que morir sin sufrir. Porque, hay gente a la que se le aplica la eutanasia y sufre, doy fe de ello. No es tan fácil parar el corazón de un paciente que no está cercano a la agonía. La eutanasia es decirle a la muerte y a la enfermedad incurable: “tú ya no vas a poder tener poder sobre mí, caíste sobre mí a traición, pero no vas a tener la última palabra, porque aquí mando yo, la realidad la hago yo, como y cuando quiero, yo voy a morir cuando yo diga, y de la manera en que yo diga, no como tú digas y cuando tú digas”. Aparte de esa declaración de intenciones, es un dominio más que falso de la situación.

Consideraciones finales

Evidentemente, la eutanasia es mucho más, es el poder mediático, es la ideología, y la economía, y muchas cosas más que se debaten en los foros y publicaciones pertinentes, pero salvando los mil escollos, el más recto planteamiento, en el fondo, tiene mucho de esto, de un engaño, de un desengaño, al estar sumergidos en la vivencia en una realidad paralela.


[1] Lista de las carreras más solicitadas por empresas y grandes compañías en Europa elaborada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)

[2] G. Vattimo, Adiós a la verdad (Gedisa, Barcelona 2010) 20.

[3] Antonio Machado, Proverbios y cantares LXXXV